lunes, 16 de febrero de 2015

Sobre dibujadores y el arte amatorio

Cada quien intenta lo que puede, con más o menos suerte, y eso es válido para casi todo. Recuerdo un reportaje al (de pie, señores) Viejo Breccia en donde decía que durante años se preocupó por tener un estilo, por conseguir su "manera de hacer las cosas". Y después descubrió que no lo quería, que era un manierismo plástico que hacía que el trabajo y la firma fueran una misma cosa. Esa revelación le llegó a la par que la soltura de la mano, ese indestructible bastión de la técnica que es Mort Cinde y tantas exploraciones que realizó sin descanso hasta que se nos fue allá en los noventa.
Por otra parte, en una charla que dio Ariel Olivetti en la primera edición de la Comic Con San Luis, dijo poco más o menos lo siguiente: "El estilo sucede, no hay que buscarlo, porque el estilo es la manera profesional de encubrir nuestras propias falencias".
Es una explicación que se me antoja perfecta.
Pájaros en la Cabeza/ Óleo 1999
En lo personal, me preocupó el estilo y a veces aún me preocupa. Pero no demasiado. Hay dibujantes que declaran que sólo buscan acercarse a la máxima expresión de sí mismos, lo que me parece loable y difícil. Yo opté por intentarlo todo. Digamos que no soy un técnico de la equitación ornamental, sino un domador de estilos. Y creo que es tan válido como lo otro. Hay porrazos, fracasos, abucheos, miedos, victorias espectaculares, medianía... como en lo otro. Tal vez uno se ensucia un poco más de la cuenta, tal vez debe rehacer más trabajos... pero a la larga se pierde el miedo. El mundo es demasiado grande desde que existe la web como para vivir una sola vida. No es justo.
Fernando Pessoa lo entendió y lo hizo así. Como otros tantos que no se contentaron. Como decía Capote en su prólogo de "Música para Camaleones": Cuando Dios te da un don, también te da un látigo. Y ese látigo es solo para autoflagelarse.
 Y lo mejor es que es una tendencia que crece; cada vez veo más y más ilustradores que agotan sus recursos, exploran, reinventan, se exceden y se pasan de la raya buscando ese algo que debe haber más allá de la simple mecánica de tener un talento y usarlo para producir.
Eso es magia, señores. Como dice el título, es un arte amatorio.
Y, se sabe, lo que mata es la rutina.

Nostalgioso.

Cuando tenía unos doce años heredé de un primo, mucho mayor que yo, una colección de revistas de los 60 y 70. Era una publicación para sibaritas, un poco snob, un poco genial. Amé esa estética, los reportajes (Capote, ilustradores, actores de la época que pensaban más de lo que hablaban) y, sobre todo, que fue una de las últimas revistas de a pie que publicaban relatos de los autores/monstruo que revolucionaban a la intelectualidad de aquellos años, cuando aún había algo que podía llamarse intelectualidad.
Recuerdo con especial cariño las ilustraciones que acompañaban esos cuentos, que los complementaban como no he vuelto a ver. Es que eran revistas/ objeto, en donde la parte y el todo reflejaban una época. Y quise hacer un dibujo en ese estilo -uno de esos estilos- porque sí. Una ilustración real de un relato imaginario.

Una señora de mal carácter

Fue parte del (escueto) portfolio con que obtuve mi primer trabajo, hace ya largo rato. Sigo teniéndole cariño, cosa que por lo general pasa con los viejitos políticamente incorrectos.

domingo, 15 de febrero de 2015

miércoles, 14 de enero de 2015

Los signos de la magia son unos y ceros.

Eso: quién sabe por dónde anduvo rebotando Liss Evermore antes de publicar su libro "Coleccionable de Tragedias". Seguro craneando meticulosamente los 230 (un poco más) microcuentos que lo componen. Pasó por Modus Operandi Pulp, la página de facebook que regenteamos con unos amigos hace un tiempo. Estaba medio desatendida, pero Liss nos preguntó si podíamos darle una mano con la difusión del libro. Previa consulta de Camacho, accedí a ilustrar uno de los microcuentos. Sin haberlos leído, sin saber si me gustarían y, más que nada, porque me sentía culpable del abandono en que tenía ese viejo y querido proyecto de reflotar (ambicioso uno) un poco el género pulp.
Y en lugar de una ilustración de compromiso fueron tres; me leí el libro completo de un tirón (lo que no es aconsejable; es uno de esos libros para saborear y no para tarasconear como perro malo...pero así es uno) y terminé con ganas de más. Fue maravilloso que me dejara entrar en su mundo con total libertad y confianza, como uno hace con los amigos de años y no con los extraños a los que jamás ha visto y quizás tampoco verá nunca a la cara.
Internet es maravillosa pero se sabe: en materia de colaboraciones es una usina de desengaños: si hay dinero de por medio, no te pagan, si hay deadlines, no se respetan, los proyectos -como las relaciones- a distancia tienen a naufragar lejos de ambos puertos y los restos se van a pique, casi siempre sin sobrevivientes.
Por una cuestión de honor, me propuse dar lo mejor de mí. Liss, quizás porque así es él, hizo lo propio.
Y quedamos amigos.
Hay que ser muy insaciable para pedir más.


viernes, 19 de diciembre de 2014

Un avance, en la lucha para abolir la imagen de belleza anoréxica que, más que ofendernos, nos tiene hartos. Chubby Power. Sin literaturas detrás.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

El Hombre de Herrumbre

Me estaba durmiendo y apareció: un título. Y un monstruo. Pedían una imagen para fijarse, para que no los dejara -o no me dejaran- escapar. Será, ya lo presiento, una historia rara. De esas que no dejan adivinar hacia dónde van, para quién están escritas. Quizás muy infantil para los adultos, quizás demasiado siniestra para los niños. Pedía una imagen rápida, y el texto está flotando ahí afuera, buscándose porque se necesitan para cuajar en un objeto que puede ser un libro de esos que exigen mucho sin prometer nada a cambio.
Será que, si estamos hechos de la materia de los sueños, las pesadillas no andan muy lejos.