miércoles, 5 de febrero de 2014

Vicios de buena diversión y malos libros.

Casi cualquiera -me atrevo a aventurar- que se haya metido con un lápiz (y ni hablar si además se anima con la Olivetti) tiene debilidad por H. P. Lovecraft, con todos los peros que acarrea. Así que, para no ser menos, ahí quedan unos diseños que algo tienen que ver. Omar es un niño de 10 años, fanático del imaginador de Providence. Acaba de mudarse a una casona antigua con sus padres. Julius Templeton fue el antiguo dueño de la casa y creó una máquina, el Lector Entre Líneas, que puede extraer lo que hay de cierto en un texto. Por un desperfecto de diseño, quedó atrapado entre nuestro mundo y el de la literatura lovecraftiana, además de infectado con un hongo alienígena que lo hace inmortal, pero también lo mantiene atrapado entre dos mundos. Con su guía y ayuda, Omar reconstruye la máquina para liberarlo. Sideral es su mascota, venido a nuestro mundo en un primer intento de Omar por hacer funcionar la máquina. Es alquitranoso, cariñoso y polimórfico.
Y ahí queda. Es apenas una base y un esbozo. Pero, dicen, peor es nada.

martes, 28 de enero de 2014

"La máscara de la Muerte Roja" siempre me gustó. Se merecía un rato de interpretación libre al estilo Pulp, ¿no?

miércoles, 18 de diciembre de 2013

De tan humildes comienzos... arrancan las frustraciones. Bah, todavía no sé. Es el primer planteo para una ilustración (con retoques en photoshop para que se vea bien; el escanner toma el azul de forma rara). Hay que plantar detalles y guías de esas que sólo uno entiende. Siguiente paso: entintado tradicional a mano y color digital. Esperemos que resulte y, con suerte, tengamos una portada.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Rarezas. Cada tanto, uno se deja llevar por... llamémosle compulsiones a falta de mejor cosa. Cuestiones que no se sabe bien de dónde vienen y terminan por ir a alguna parte, pero por motivos propios que nos dejan a un lado. Son ajenas, bah. Y no es que uno sea muy medium que digamos. Algo quiere salir. Y sale. Por qué o para qué, ya ni siquiera es asunto nuestro.
Venía muy abandonada la cosa... así que conviene agregar algo y nos decidimos por un ejercicio breve y modesto. Figura femenina, of course.



viernes, 21 de diciembre de 2012

Escribir una historia de vampiros para púberes no es fácil. En la lucha descartamos la bobería a lo Crepúsculo -Verano del 98 con colmillos- o pavadas así. Nos alejamos de la truculencia lo más que pudimos y pivoteamos lo meramente infantil, porque no es eso lo que buscábamos. Queríamos algo más bien gótico, y vamos por buen camino, o eso parece.
Mareados ya, dejamos el Word y agarramos los lápices y el Photoshop, como para despejar el seso y darle el gusto a otra clase de instintos.
Serán -quieren, deben ser- tres cuentos de terror en total. Todavía no sé de qué tratarán los otros dos. Tres pantallazos, tres imágenes que nos acompañen mientras nos vamos quedando dormidos.
Acá, la primera de ellas. La del cuento de vampiros que no quiere ser demasiadas cosas y que, por el momento, se titula "Belladona".
Lo demás, el tiempo lo dirá.

Abrazos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

El Error



(Acá va el cuentito que les decía antes)

El error.

Había un niño. Un niño valiente.
Y había un armario.
Todas las noches, el niño apagaba la luz para dormir y cada noche se levantaba un rato después para asegurarse de que no hubiera nada escondido dentro del armario. Lo hacía con miedo, pero ser valiente no significa no tener miedo, sino ser capaz de afrontarlo y vencerlo.
Y cada noche comprobaba que no había nada tras las puertas de madera empotradas en la pared y se dormía tranquilo, satisfecho de haberse portado como un adulto.
Los adultos no le temen a los armarios en la oscuridad; saben que no hay nada dentro de los cajones además de ropa, zapatos  y alguna caja de cartón con las cosas que no vale la pena mostrar, pero tampoco se deciden tirar.
Él lo revisaba cada noche, de todos modos.
Era un ritual sin el que no podía dormir.
Pero, con el tiempo, a fuerza de repetirlo siempre, el miedo empezó a desaparecer. Los pasos lentos y cuidadosos que daba desde la cama hasta el armario se convirtieron en pasos iguales a los que daba cada mañana en el patio del colegio: pasos confiados, un poco apurados, seguros.
Ya no tenía miedo. Se sentía como una persona grande.
Una noche, apagó el velador y se envolvió en las mantas sin molestarse en cumplir con el ritual. Se durmió enseguida, profundamente.
Por unas horas.
Se despertó, desorientado en la oscuridad. Asomó la cabeza sobre las sábanas y miró hacia el armario. La puerta estaba ahí, cerrada y muda, como siempre.
Por un impulso, se levantó. A pesar de haber pensado apenas un par de horas atrás que ya no necesitaba revisarlo, se dirigió hasta la puerta. Una mirada más no haría daño a nadie.
Se quedó un instante de pie delante del mueble, que le pareció enorme, mucho más grande que de costumbre. No se oía nada dentro, como era de esperar. Abrió la puerta de un tirón.
Era un error. No era el armario.
Nada. Como siempre.
Satisfecho una vez más, volvió a la cama. Se sentó, y estaba por apagar la luz cuando sintió el escalofrío de una sospecha, una sospecha tardía: Si cada noche revisaba el armario y no había nada dentro, esperándolo, entonces... Era un error. No estaba en el armario.
La cara, flaca, con la misma blancura que la luna de invierno, asomó bajo la cama como un juguete de resorte. La mano huesuda y pálida se aferró a su tobillo. La enorme boca de labios morados se estiró en una sonrisa falsa.
Le guiñó un ojo en un gesto de triunfo diabólico y empezó a tirar de él hacia las sombras.